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Barcelona X-Games

barcelona x games

Quiero ser muy prudente en este escrito, porque comprendo perfectamente los dos lados de la cuestión (mejor dicho, dos de los tres lados) y encuentro argumentos a favor y en contra igualmente razonables. Los X-Games. Los putos X-Games. Voy a ser sincero: nunca fui un buen skater. Nunca alimenté adecuadamente a las tiendas ni a las marcas de por aquí; siempre patiné con ropa vieja y guarra, muchas veces con zapas de grandes almacenes de 20 euros y, cuando no, algún chollo comprado a un pro o algún saldo de outlet. Conmigo la industria nunca se forró.

Voy a volver a ser sincero: nunca fui un buen skater. Sacando dos o tres tipos de grindada, el ollie y un par de kickflips que alguna vez cuadraron, nunca tuve técnica. De hecho, si alguien era un paquete sobre la madera, era yo. Ahora, con el tiempo, reconozco que el skate fue mi iniciación al surf, y que jamás sentí por él lo que siento por este último.
Pero eso no quiere decir que no lo eche de menos. Esas pateadas por media ciudad con colegas, la gente rara, alucinante, increíble que conoces, la manera en que te abre la mente y te lleva por geografías físicas y humanas que nunca hubieras conocido sentado tras el ordenador en casita. Y en verano, a veces, hasta me animo. Si no hay nadie cerca. Por aquello del ridículo.

Dicho esto, me han pedido que hable de los X-Games. A favor o en contra. Ojalá tuviera una postura tan definida.

Entiendo perfectamente a ambas posturas, ya lo he dicho antes. Por una parte, a quienes están en contra: el skate lleva lo antisocial en el ADN, por quienes lo inventaron y por quienes lo elevaron por encima de un mero deporte más. No puede
evitar ser hijo de una época y de un surfing muy particulares, y eso se nota.

Claramente: si quieres patinar perfectamente integrado en la sociedad bienpensante, te pillas unos patines en línea de paseo en el Decatlón. Si pillas una tabla, ya sabes que la cosa no va por esos derroteros. De unos años acá, la persecución a que se ha visto sometido el skate en Barcelona ha sido alucinante. Historias de terror de multas y confiscaciones, ordenanzas que lo sitúan al nivel de la prostitución callejera, protestas que no han servido de nada. Gran parte de la culpa, todo sea dicho, ni siquiera es de los locales, sino de la popularización de Barcelona como gran skateplaza en revistas internacionales, actuando como imán de legiones de patinadores de todo el mundo. Al igual que en el surf, hay un número clausus de patinadores por spot (aunque nadie lo quiera admitir) y una vez superado, empieza a haber problemas.

Cierto es que los Ayuntamientos sucesivos tampoco han sido moco de pavo. Barcelona cuenta con una población (al menos, la que tiene derecho a voto) envejecida, y es una población conservadora. Vamos pillando por dónde voy. Entre ayuntamientos claramente conservadores y ayuntamientos que sólo gobernaban en reacción a campañas desde medios (lo de La Vanguardia, hace años, fue de alucine), la cosa sólo podía ir a peor.

Y entonces, cuando el tema está que arde, cuando las multas menudean y un skater se convierte en un paria social (o él se percibe así)… el Ayuntamiento aprueba los X-Games. Joder, que sí, lo entiendo. Claro que sí. Parece que se te rifen en la cara. Bueno, te diré algo: lo hacen. Pero no es personal. Es dinero.

Y entiendo perfectamente la otra postura. El skate, por estar a medio camino entre deporte y actividad lúdica, y por su propia esencia individual, no tiene federación. Hay asociaciones, sí. Pero vamos, no existen interlocutores oficiales, al menos de momento (y deseando desde aquí la mejor de las suertes a la Unió Catalana de Skate- Board). Incluso si los hubiera, está por ver la disposición del Ayuntamiento a tenerlos en cuenta. Así las cosas, la que puede sacar adelante el tema es la industria. La industria significa ropa, tablas, ejes, ruedas, todas esas cosas. Y zapatillas. Muchas zapatillas. La
industria son las marcas, pero también las tiendas. Y para seguir existiendo, necesitan mercado. Y para ser fuertes (y, con la mejor de las fes, hacer que las cosas cambien) necesitan vender. Y vender significa sacar el skate del nicho antisocial y presentarlo como una alternativa de ocio apta para todos los públicos. Y en esto, los X-Games son bienvenidos. Porque durante unos cuantos días se llenarán de niños que alucinarán con las piruetillas de Burnquist y pedirán a papá una tabla (que llegará con las inevitables rodilleras, coderas, muñequeras, casco y, si fuera posible, cinturón antigravedad) y entrarán en el ciclo de consumo del nuevo deporte. Porque de eso se habrá tratado, de
convertirlo en deporte. Y muchos, hasta se quedarán.

Así que sí, como ya he dicho, comprendo perfectamente a las dos partes. Lo que es evidente es que la cosa no puede seguir como hasta ahora. La ciudad más famosa del mundo para hacer skate, asediada a multas y sin un solo skatepark decente. Porque lo que hay, vamos, da pena. Ya daba pena hace 10 años, y no ha cambiado nada, por lo que veo.

Dije antes que comprendía, y que hallaba razonamientos válidos, en dos de las tres partes. Lo dije porque hay una tercera parte: el Ayuntamiento de Barcelona.

Ahora se me podrá echar en cara una animadversión personal contra esta institución, y algo de cierto habrá, lo reconozco. Como surfista, y pese a no haber surfeado los spots de la ciudad desde hace años, me joden las persecuciones a colegas, las multas por entrar en días grandes… y la hipocresía con que el mismo Ayuntamiento que multa vende imagen de ciudad con fotos de chicos con tablas de surf bajo el brazo. Me revienta la misma hipocresía en el skate, las multas y las confiscaciones… y luego a vender la imagen de Barcelona con los X-Games.

No sé si me explico, pero me da que en esta película hay más de un malo. Personalmente, no pienso acudir a los X-Games. Nunca me interesó ver a otros hacer cosas; siempre preferí hacerlas yo, aunque no fuese tan bueno ni tan pro. Por eso no veo vídeos de surf (bueno, de Alana Blanchard sí) y por eso no compro revistas de surf.

Pero comprendo perfectamente que quieras ir.

Sobre todo si, además de pagar religiosamente tu entrada, junto a tu tabla y tu bocata de chorizo, llevas alguna pancartita que ponga incómodo al Ayuntamiento.

Y oye, si de paso puedes contar cuatro cosas a algún pro importante, o a algún representante de los X-Games, acerca de la manera en que el Ayuntamiento trata a los patinadores los demás días del año, te pongo un monumento. O te invito a birra, que hay crisis.

 

Tom Frost

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